Se habla mucho de radicales libres y de estrés oxidativo, casi siempre para vender algo. Aquí va lo que de verdad se puede medir, lo que ese número significa, y —sobre todo— lo que no significa.
Tu cuerpo produce radicales libres todo el rato, y hace bien: los usa para defenderse de infecciones, para señalizar entre células y para adaptarse al ejercicio. No son un veneno que se te ha colado. Son parte del funcionamiento normal.
Al mismo tiempo produce defensas —enzimas, vitaminas, moléculas que neutralizan ese exceso—. La salud no está en tener cero radicales libres. Está en el equilibrio entre lo que se produce y lo que se neutraliza.
Cuando ese equilibrio se inclina de forma sostenida hacia el lado del daño, es lo que se llama estrés oxidativo. Y eso se puede estimar con marcadores indirectos.
En la consulta se hacen dos determinaciones que van siempre juntas, porque por separado no dicen gran cosa:
FORT — mide la carga oxidativa: los hidroperóxidos que circulan en tu sangre, que son el rastro que deja la oxidación sobre grasas y proteínas. Es el lado del «desgaste».
FORD — mide tu capacidad antioxidante: cuánta defensa tiene tu plasma disponible en ese momento. Es el lado del «escudo».
Con las dos, el equipo calcula un solo número: el índice redox. No es una nota de tu salud. Es la posición de una balanza en un momento concreto.
Se hace con una gota de sangre del dedo, en la propia consulta, y el resultado sale en minutos. No hace falta extracción de vena ni esperar días.
Conviene aclarar qué es y qué no es: esto es una determinación puntual hecha en consulta. No es la analítica de laboratorio completa —hormonas, vitamina D, ferritina— que, si hace falta, se pide aparte.
Porque este dato se mueve. Se mueve con la última comida, con el ejercicio que hiciste ayer, con una infección, con el tabaco, con el sueño de esta semana y con la medicación que estés tomando.
Eso no es un defecto de la prueba: es lo que está midiendo. Pero tiene una consecuencia práctica que conviene decir de frente: una sola medición aislada dice poco. Lo que informa es la misma medición, repetida en las mismas condiciones, comparada contigo misma a lo largo del tiempo.
Por eso se mide en ayunas y en reposo. No es un capricho de protocolo: es lo único que hace que la segunda medición sea comparable con la primera.
Y hay un umbral, que también se te dirá: por debajo de un cambio de en torno al 20 % no se puede afirmar que algo se haya movido de verdad. Por debajo de ahí es la variación normal de la propia prueba, no tu biología.
Te dice cómo está hoy el equilibrio entre carga oxidativa y defensa en tu sangre. Y, si lo repites, te dice en qué dirección se ha movido.
No te dice que tengas una enfermedad. No es una prueba diagnóstica de nada concreto: un índice alterado aparece en situaciones muy distintas entre sí, y también en gente sana que ha dormido mal o entrenado fuerte.
No es tu «edad biológica». No existe una equivalencia entre este número y los años que tiene tu cuerpo, por mucho que se venda así.
No predice lo que te va a pasar. Es una fotografía, no un pronóstico.
Lo que sí hace es convertir una conversación vaga —«me siento cansado», «quiero cuidarme»— en algo con un punto de partida y una forma de volver a mirarlo más adelante. Eso es todo, y ya es bastante.
Con la misma claridad que en el resto de este blog:
Si medir esto tiene sentido en tu caso —y a veces la respuesta honesta es que no— se decide en la valoración, no antes.
Antes de nada, qué es: el NAD⁺ es una coenzima presente en todas tus células, implicada en dos procesos muy básicos —cómo el cuerpo produce energía y cómo repara su ADN—. No es una vitamina que se tome con la comida ni un antioxidante: es una pieza del engranaje.
Aparece en este artículo por un motivo sencillo: hoy es imposible leer sobre estrés oxidativo sin tropezarse con él. Así que conviene situarlo bien.
Lo primero, y lo más importante: el índice redox no mide NAD⁺. Son dos cosas distintas y no conviene mezclarlas.
Lo que sí hay es una hipótesis con base biológica: el daño oxidativo acumulado sobre el ADN activa mecanismos de reparación que consumen NAD⁺, y ese consumo sostenido contribuiría a que sus niveles bajen con los años. Es una explicación coherente y bien argumentada.
Pero es una hipótesis sobre un mecanismo general, no una cadena demostrada en una persona concreta. Y con un matiz que el propio estudio que la plantea subraya: esa cadena solo quedó sostenida en los hombres de la muestra. En las mujeres, los autores no encontraron el mismo patrón.
Nadie puede mirar tu índice redox y deducir tu NAD⁺. Quien te diga lo contrario está adornando.
Ese mismo estudio es, curiosamente, el que hay detrás del dato más repetido del sector. Circula mucho con forma de titular: «tus niveles de NAD⁺ caen un 50 % a los 40 años». Aparece en anuncios, en publicaciones de suplementos y en clínicas.
Merece la pena mirarlo de cerca, porque explica bastante bien cómo funciona esto.
El trabajo que suele citarse es de Massudi y colaboradores, publicado en PLoS ONE en 2012. Es un estudio serio y su hallazgo es real: el NAD⁺ desciende de forma significativa con la edad. Ahora, lo que ese estudio hizo exactamente:
De hecho, cuando otros autores han puesto números a esos mismos datos, el descenso más grande no aparece donde dice el anuncio: aparece entre el recién nacido y el adulto joven, y a partir de la mediana edad la caída deja de verse. El titular no es una simplificación del estudio. Es otra cosa.
Y hay algo más incómodo todavía. La revisión más reciente que ha repasado todo este campo concluye que el supuesto consenso de que el NAD⁺ baja de forma universal con la edad no está bien sostenido, y que en sangre humana los resultados publicados son abiertamente discrepantes entre sí.
Nada de esto significa que el NAD⁺ no importe con la edad. Significa algo más aburrido y más útil: cuando alguien te pone un número grande en un anuncio, casi siempre ha perdido por el camino en qué tejido se midió, en quién, y si esa cifra estaba en el estudio o la puso el anunciante.
Aquí preferimos medir lo tuyo y decirte qué dice, aunque sea menos espectacular que un titular.
Se mide una vez para saber de dónde partes. Se decide —si procede— qué tiene sentido hacer. Y se vuelve a medir pasado un tiempo, en las mismas condiciones, para ver hacia dónde se ha movido.
Cada cuánto conviene repetirlo depende de tu resultado y de tu situación, y se decide en consulta. No hay una cadencia única que valga para todo el mundo, y desconfía de quien te la dé antes de medirte.
La medición no es el objetivo. El objetivo es que las decisiones sobre tu salud partan de un dato tuyo y no de una suposición ni de un titular.
Si quieres saber de dónde partes, empieza por la valoración médica. Y si de esa valoración sale que no necesitas nada, también te lo diremos.
Firma el artículo la Dra. Mariana Goldstücker, colegiada nº 032892127. Esta página tiene fines informativos y no sustituye una consulta médica. La valoración es una evaluación profesional individual; los tratamientos se determinan caso a caso y no garantizan resultados. Tratamos tus datos conforme al RGPD (UE) 2016/679 y la LOPDGDD.